jueves, abril 15, 2010

Ser democratacristiano hoy, por Gonzalo Rojas Sánchez.


Ser democratacristiano hoy,

por Gonzalo Rojas Sánchez.

¿Habrá algún DC que no reconozca que su partido vive hoy momentos muy difíciles? Y, claro, no se trata del Padena o de la API, sino de una de las colectividades más relevantes en la historia de Chile en los últimos 70 años, por lo que es toda la política chilena la afectada.

Derrotado su reciente candidato presidencial; descolocada su dirigencia concertacionista por el progresismo ilimitado de sus socios; desanimadas sus bases por la indefinición de sus dirigentes, todo le tiembla, más allá de una exitosa elección de senadores. Una triple D —derrota, descolocación y desánimo— inunda la conciencia democratacristiana. Es cierto que ese órgano clave —que hace de válvula de seguridad en la vida personal y colectiva— hace ya años que en la DC no funciona como debe, pero también es efectivo que los viejos falangistas todavía se preguntan cómo es posible que haya sucedido todo lo que les pasó; se interrogan sobre tantas cosas mal hechas y apenas encuentran respuestas.

“La defensa del hombre amenazado en su realidad espiritual antes que en las estructuras más exteriores, y la defensa de ciertos valores universales es la tarea urgente”, afirmaba un autor. Y otro añadía: “Los acontecimientos de la política nacional, las nuevas orientaciones del pensamiento católico, las directivas pontificias y otras causas contribuyeron a formar una generación juvenil de acusados perfiles propios, que encerraba valores indiscutibles y manifestaba definida personalidad, dentro de amplia y consistente homogeneidad”.

Eso fue la DC originalmente: convicciones fuertes, junto a organización y mística, para defenderlas y promoverlas. Son citas que los viejos falangistas reconocen de inmediato y a las que adhieren con reverencia. Pero son sentencias que los actuales DC —en su mayoría, buenas personas— consideran quizás algo ñoñas o beatas.

Si aún las valoraran, de ninguna manera la Democracia Cristiana exhibiría una confusión tan grande sobre qué es la persona humana y qué implica proteger su dignidad y su trascendencia.

Porque el principal error de la DC actual no está en sus concepciones estatistas, ni en su desmesurado democratismo, ni en algunas de sus fórmulas económicas fracasadas, sino en la manera gelatinosa en que el partido conceptualiza sobre el ser humano.

Y si tuvieran en cuenta aquellas antiguas afirmaciones, no temerían asumir un camino propio, depurado del mesianismo de los 60, pero fuerte en perfiles bien diferenciados. Por el contrario, hoy la DC aparece en tantas materias simplemente como otro PPD, sólo que disfrazado con ropajes algo clericales cuando la amenaza progresista toca a degüello.

Finalmente, si consideraran aquellas frases como vigentes, no habrían facilitado la presencia en el Congreso —sí, en listas comunes— de quienes niegan todos y cada uno de los presupuestos cristianos del orden social y, de paso, han combatido con energía a los propios falangistas desde su origen, allá por fines de los años 30. Pero lo que les espera es todavía peor si no reaccionan: rendirse a una alianza aún más amplia con las izquierdas, con ese PC presente y creciente, bien amparado en sus variados socios.

(Por cierto, las citas referidas corresponden a Eduardo Frei Montalva y a Alejandro Silva Bascuñán, respectivamente).

Lo que haga la DC —podría pensar alguien— es problema de ella. No: ciertamente, puede ser problema y drama para Chile y, en especial, para la UDI y su necesidad de aprender de los errores falangistas.

Desgraciadamente, siempre cabe la posibilidad de que clame algún democratacristiano: ¡Que no nos vengan a dar lecciones desde fuera!

¿Y de dónde si no?


martes, abril 13, 2010

Cónclave fundacional,

por Cristina Bitar.

Los últimos días se ha intensificado el debate sobre la Concertación. Las recriminaciones sobre la causa de su derrota y las discusiones sobre su renovación anuncian un encuentro con marcada incertidumbre. Merece algunas reflexiones el proceso de este conglomerado político. Con todo su desgaste y los excesos en que cayó en materia de cuoteos políticos y acusaciones de corrupción, es indudable que llegó a ser una coalición de centroizquierda seria y cuyos presidentes actuaron con sentido de Estado. En el concierto latinoamericano este grupo ocupa un lugar destacado, muy lejos y por encima de otros grupos de izquierda que han abandonado elementos esenciales del régimen democrático, como sucede con el chavismo en Venezuela. No cayó en los caudillismos, se institucionalizó y gobernó en forma moderada. No obstante ello, con una sabiduría notable, el país premió a la Presidenta Bachelet, su última gobernante, con un apoyo histórico al mismo tiempo que votaba la opción del cambio que representaba el Presidente Piñera.

A Chile le hace bien una Concertación moderada, moderna, renovada, que se constituya en una alternativa de gobierno que estimule a la Coalición por el Cambio a hacer un gobierno eficaz. La competencia en política, igual que en el mercado, es el mejor incentivo para una adecuada asignación de los recursos, de los esfuerzos y los talentos. Por eso al gobierno del Presidente Piñera también le conviene una Concertación ordenada, haciendo su trabajo opositor con seriedad y eficacia. De ello sólo resultan fortalecidos el sistema político y nuestra democracia.

Para esto la Concertación requiere renovación; no pueden seguir los liderazgos y estilos desgastados y corroídos por el paso del tiempo y el ejercicio del poder. Esa renovación sólo puede llegar de la mano de líderes como Claudio Orrego, Ricardo Lagos Weber, Carolina Tohá o Patricio Walker. Si la Concertación no hace una opción clara por estos liderazgos y se proyecta como una coalición socialdemócrata renovada y moderna, digna opción de centroizquierda en cualquier país desarrollado, lo más probable es que caiga en una espiral de conflictos internos, luchas de poder y recriminaciones que terminarán por sepultar el espíritu societario que alguna vez tuvo. Es hora de que los que construyeron la Concertación para ganar el gobierno en la década de los ochenta y gobernaron con éxito en la década de los noventa, abran paso a los que tienen que liderarla en la segunda década del siglo XXI.

En ese sentido, el cónclave de la Concertación tiene que tener un sello fundacional, fijar una hoja de ruta que marque el estilo de oposición y de relación con el gobierno. A ratos parece que hay dirigentes de la Concertación que se quedaron pegados en los ochenta y que no asumen, ni entienden, que estamos en la normalidad democrática y que el Presidente Piñera y su gobierno tienen plena legitimidad democrática y deben relacionarse con ellos de manera respetuosa, institucional y constructiva. En las últimas semanas, la Concertación ha debido enfrentar dos desafíos que ponen a prueba su capacidad de estar a tono con los tiempos: la situación de Cuba y su proceso de renovación. En lo primero la DC ha actuado impecable; es más, la posición de Patricio Walker pidiéndole al gobierno una postura clara respecto al respeto de los derechos humanos en China me interpreta plenamente. Esa es la senda y el tipo de liderazgo que pueden dar vida a una coalición heredera de la Concertación que luchó por recuperar la democracia y que hoy puede ser nuevamente una opción de futuro, dejando atrás a los que, por muchos méritos que hayan podido tener, se quedaron en el pasado.



sábado, abril 10, 2010

Entre Buenos Aires y Brasilia, por Joaquín Fermandois.



Entre Buenos Aires y Brasilia,

por Joaquín Fermandois.

Se dudó si ir primero a Buenos Aires o a Brasilia. Se pensaba que el Presidente Piñera debía priorizar a Lula y Brasil, todo un poder en la región. Chile se ha considerado siempre como un aliado voluntario de Brasil, y el desarrollo de este país hasta ocupar un papel estelar en el G-20 como la décima economía mundial le ha añadido más incentivo a esta amistad apetecida. Además, Lula es ahora “el simpático del grupo”, de quien nadie debe decir nada malo y con quien todos han querido abrazarse, desde Bush a Raúl Castro. Replica lo sucedido en Chile con Michelle Bachelet, ya que su popularidad medida en encuestas —metro peligroso— está en alturas estratosféricas, aunque hasta el momento, también según encuestas, Lula no logra transmitirlo a Dilma Rousseff, la candidata que él apoya.

No se trata de un amor correspondido, como quisieran los chilenos. No es que no le importemos nada, sólo que Brasilia dedica una fracción de segundo a mirar a Chile. No se la puede culpar, ya que el mundo es así. Es como cuando nos enojamos porque EE.UU. no presta atención a América Latina, como si mereciera mucha atención. Frente a Brasil, no estamos solos en esta queja. Y es que ese país ha ido logrando, en esta última década, lo que buscó a lo largo del siglo XX: ser considerado una potencia de carácter mundial, sin desplegar poderío militar desproporcionado y sin raptos visibles de prepotencia. Vistas así las cosas, y teniendo en cuenta que, mal que mal, a lo largo de la historia, Brasil, moderado en general, nos ha arrojado un salvavidas por ahí y por allá, ¿por qué no comenzar la nueva administración chilena con una visita al popular Lula?

Por una razón bien clara se debía visitar primero la Casa Rosada. Argentina ya no puede competir en cuanto potencia con Brasil, pero como sociedad, más allá de su Estado, sigue siendo la más civilizada de nuestra América. La segunda razón es majestuosamente clara: compartimos con nuestro vecino una de las tres fronteras más extensas del globo. Hemos tenido problemas en la historia, pero hasta ahora siempre se han negociado con mayor o menor diligencia. Tercera razón, Buenos Aires se sentiría: posee piel más delgada en estos dimes y diretes, y las emociones son más profundas que las razones. Brasilia, con elegante sentido diplomático, comprende perfectamente nuestra situación y le importa la intención o la fe (algo ingenua) de Chile en Brasil. Cuarto, por las razones que sean, la Presidenta Cristina Fernández vino a la transmisión del mando, y encima tuvo que tragarse la réplica; Lula no vino, si bien había estado aquí poco antes. Cristina no es santa de mi devoción —aunque reconozco su sex appeal y sus dotes de caudillo—, pero es el cargo el que se debe respetar. Viviremos para siempre con Argentina a nuestro lado, con su veleidad política y con sus bienaventuranzas, de las que también mucho hemos aprovechado los chilenos. Por todo eso y mucho más, buena decisión lo de la visita de trabajo a Buenos Aires, antes de reunirse de manera formal con Lula.

Brasil, cualquiera sea el nuevo Presidente(a) que sea elegido(a), parece eyectado sin retorno a un puesto en la balanza mundial, donde jugará un papel más modesto que el que imagina, mas al que nadie podrá ignorar. Inquieta un poco, pues existen antecedentes de grandes estados que, al acceder a un papel estelar, se transforman en su cultura política y terminan siendo un factor de disrupción. Suponemos que no será el caso de Brasil.

Con miras a cooperar al equilibrio y la prevención, habrá que estabilizar las relaciones en nuestro vecindario, aspirando no sólo a tener una potencia, sino también democracias desarrolladas.

martes, abril 06, 2010

Lo mal construido y lo mal obrado, por Ciro Cárdenas Aldea.


Lo mal construido y lo mal obrado,

por Ciro Cárdenas Aldea.

Con cruel sarcasmo, un ateo comentó en Facebook “definitivamente, Dios no es chileno”, tratando de ridiculizar la fe cristiana que profesan millones en este país.

Los chilenos jamás se ufanarían de que el Creador sea un connacional, pero esa persona está muy equivocada si supone que esta enorme desgracia va a debilitar nuestra fe.

Desde el inicio del asentamiento europeo, en 1540, los que forjaron esta nación nunca han obtenido nada sin antes trabajar muy duro.

Encima de eso, y en contraste con la generosa naturaleza del resto de Latinoamérica, jamás han podido entregarse al blando goce de sus frutos.

Las catástrofes, la guerra o las pestes han sido un recordatorio constante de nuestra humana precariedad… y un poderoso disuasivo de la vanidad y la soberbia.

Casi quinientos años de historia han formado al chileno, un latinoamericano sencillo y austero, poco amigo de presumir y de talante laborioso y obstinado.

Nada tiene que ver esa descripción con el espectáculo de hordas saqueando comercios, aprovechándose de la inseguridad sobreviniente de la catástrofe que dejó a varias ciudades prácticamente en el suelo.

Considerando que no ha sido solamente lumpen delictual, que típicamente y en cualquier latitud actúa de forma similar, nos preguntamos ¿De dónde salió esta gente tan desalmada? ¿Qué les ha gatillado ese proceder? ¿Qué es lo que se ha roto en esta oportunidad?

Con dolor y humillación constatamos que, efectivamente, algo de nuestro carácter nacional se ha roto en un segmento de nuestro pueblo. Son una escasa minoría, pero sobrepasan con mucho la población delictual de nuestro país y de no ser por esta desgracia nunca habríamos sospechado la existencia del peligroso avance de este quiebre valórico.

Desde este punto de vista, esta nueva y terrible calamidad ha servido para alertarnos de lo que está pasando.

Estoy convencido de que esto es el efecto de 20 años de gobierno demagógico y corrupto, siempre promoviendo “derechos” y siempre enervando los deberes.

Ya habrá tiempo de analizar esto con mayor detenimiento, pero me maravilla que lo hayamos detectado cuando las circunstancias de nuestra patria nos ofrecen los recursos coyunturales para resolverlo.

Antes de este terremoto, nos preparábamos para soportar una nueva y costosa campaña publicitaria del gobierno saliente que con descaro reclama un inexistente “derecho” a promover sus “logros” hasta el último minuto de su período constitucional (retrocediendo respecto de su primitiva intención de extender SU campaña bien adentro de la gestión de la nueva administración).

Junto con ello, el gobierno que debe irse —porque los chilenos lo han resuelto así, derrotando al desmesurado poder de su antidemocrática maquinaria propagandística— se disponía a un desfile de visitas de dignatarios extranjeros ideológicamente afines que venían a “despedir” a la actual gobernante y, de paso, a coordinarse para aislar al nuevo titular, completando un programa con muchas otras actividades destinadas a recuperar el poder en el 2014.

Pero “Alguien” dijo no.

Este terremoto ha traído muchas desgracias, pero no se puede negar que ha servido para evidenciar otras miserias.

Construcciones nuevas que inexplicablemente faltaron a las tradicionales y exigentes normas de Chile. Entre ellas, buena parte de la red de carreteras urbanas concesionadas que eran el orgullo de los que se van. Varios puentes y caminos, también objeto de alardes propagandísticos, están ahí donde la “calidad” constructiva sacrificada a la “presión por hacer y mostrar obras” (*) debía dejarlos: en el suelo.

Además, toda esa enorme edificación de “conquistas” de “derechos”, demagógicamente promovidos por 20 años de continuo machacar, ha probado su escasa robustez: no hay chileno decente que apruebe la conducta saqueadora de los convertidos a este esquema y que no prefiera volver al tradicional edificio de valores, deberes y responsabilidad personal y social que nos ha permitido sobrevivir y progresar por cientos de años.

Otra “edificación” desplomada fue la del odio y desconfianza a las Fuerzas Armadas.

Ha sido emocionante ver a personas de humilde condición aplaudir con cariño a las fuerzas que vienen a garantizarles seguridad para volver a reconstruir.

Si. Volver a reconstruir.

Hace casi 40 años enfrentamos un colosal plan de reconstrucción de la patria agonizante, para trabajosamente llevarla a alturas antes no alcanzadas.

Y hoy se repite el escenario.

El terremoto ha evidenciado errores, falencias y carencias materiales y morales que de otro modo no habrían sido detectadas y que de no ser por este evento se habrían enquistado sin remedio en nuestra vida ciudadana.

Lo que debemos enfrentar es, entonces, algo mucho más vasto y profundo que una mera reconstrucción física.

Debemos levantar a nuestra nación desde una postración moral y material muy grande y, como a partir de 1973, llevarla a donde nunca ha estado.

Todos juntos, hermanados y orgullosos de su gente de trabajo, sus hombres de estado, sus empresarios… y sus Fuerzas Armadas. Sin odios ni divisiones.

Este terremoto ha sacado a la luz lo mal construido y… lo mal obrado.

Imposible pensar siquiera en enfrentarlos si no fuera mediante un cambio de gobierno.

Cambio que, milagrosamente, aparece en el momento justo y preciso.

Dios podrá no ser chileno, pero si esto es su designio, vaya si nos ha salvado de una grande.

(*) Carta aclaratoria de Eduardo Bitrán, ex-ministro de Obras Públicas del gobierno saliente. Publicada el 5 marzo de 2010 en El Mercurio.

Tomado de http://viva-chile.cl