lunes, enero 02, 2012

Lágrimas coreanas, por Jorge Edwards.


Lágrimas coreanas, 
 por Jorge Edwards.


Hace días que veo a jóvenes norcoreanas que lloran como histéricas por la muerte de Kim Jong-il, el líder bien amado. Me acuerdo de un poeta venezolano, comunista, que fue contratado como traductor en Corea del Norte y que suprimía adjetivos y títulos del jefe de entonces en los numerosos documentos que tenía que traducir palabra por palabra. Lo hacía para abreviar, por sentido estético y poético. Pues bien, fue condenado a prisión, acusado de irreverencia, de traición, de otros crímenes. Miguel Otero Silva, su compatriota y colega de partido, novelista, comunista y millonario, pasaba en esos años por París y viajaba de vez en cuando a Pyongyang a interceder por él. Consiguió su libertad, al cabo de no pocos años. Quitarle títulos al jefe supremo, aunque fuera en las traducciones de documentos perdidos, era como quitarle atributos a Dios Padre. Todo se reducía a un problema religioso. Nosotros, en Occidente, hemos evolucionado durante siglos hasta conseguir que las cabezas de los Estados no sean consideradas de origen divino. El rey de España, por ejemplo, declara en estos días que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, aun cuando esta declaración tenga consecuencias dentro de su familia. Pero no todos entienden, aquí o allá. Algunos llegan al extremo de mandar farragosos telegramas de condolencia a Corea del Norte.


Cuando viajé a Moscú, en los primeros años de gobierno de Boris Yeltsin, conocí a una señora que había sido amiga de Pablo Neruda y que me confesó que había llorado a mares, en su juventud, al conocer la noticia de la muerte de José Stalin. Como las chicas norcoreanas de ahora. De todos modos, Stalin tuvo más grandeza que el gordito heredero de su cargo. Esta mujer, después, se convirtió en enemiga apasionada del régimen soviético. Ya ven ustedes. Observo en los diarios las caras de las lloronas de estos días y no creo que ninguna de ellas tenga tiempo de cambiar. Corea del Norte se ha quedado al margen de la historia moderna, durante décadas, en nombre de una antigua filosofía mal interpretada.


Los niveles de satrapía a que se ha llegado en ese país son impresionantes. Pero el tema no les interesa nada a los chilenos. Nuestra tosquedad mental, nuestra terquedad, nuestra dureza intelectual a prueba de balas, son dignas de mejores causas. En Europa leí las historias del cocinero japonés de Kim Jong-il. El gran jefe ponía un avión a disposición de su cocinero para que le comprara cargamentos de erizos frescos en las costas de Japón o del oriente ruso. Los niveles de consumo del pueblo, en cambio, que ahora llora la muerte del líder bienamado, eran cada día más miserables.


Las imágenes de los funerales, con el enorme automóvil, con el féretro cubierto por la bandera roja, el hijo tercero a la derecha, el jefe del Ejército al otro lado, el tío y tutor, Jang Song Thaek, detrás, son de estilo inconfundible: fascistas, estalinistas, orwellianas. Representan el entierro del Hermano Mayor y su reemplazo en la célebre novela 1984. Como hay que tener sumo cuidado, como las transiciones son altamente peligrosas, el sucesor avanza debidamente vigilado por el tío severo y por el jefe del Estado Mayor del Ejército Popular. Las jóvenes de la época de José Stalin tuvieron la oportunidad de cambiar, pero con respecto a las jóvenes de la Corea del Norte de hoy no tengo demasiado optimismo. Se perfeccionan las democracias, lentamente, pero también se perfeccionan las dictaduras. Hugo Chávez sugiere que las enfermedades que lo aquejan a él, a Cristina Fernández, al presidente ecuatoriano Correa, al mismo Fidel Castro, son de sutil origen imperialista. Lo afirma con notable convicción, desde una tribuna bien montada, aplaudido a rabiar por sus auditores. Es decir, habría laboratorios del Pentágono, de la CIA, de lugares no menos siniestros, dedicados a producir virus y a lanzarlos contra gobernantes «progresistas».


Un amigo francés, inteligente, de cultura, relacionado de algún modo con los chilenos de Francia, se me acerca y me asegura, con asombro: los chilenos no te perdonan nada. Algunos, le contesto, en el fondo, bastante pocos, y entre ellos hay una especie particular que me da pena. Son los que se me acercan en forma subrepticia y me dicen, en voz baja, mirando para los costados, que están de acuerdo conmigo. ¿Por qué tanto miedo?, me pregunto. ¿Es que no sabemos aprovechar nuestras libertades, nuestros derechos, derechos humanos, sin la menor duda, y pensar con independencia, sin pedirles permiso a comisarios de ninguna clase? La mayoría de los chilenos de hoy, a pesar de las encuestas, de las insistentes y majaderas protestas, de tantas cosas, tiene la ilusión de que el país se podrá desarrollar en un futuro cercano. Tengo la misma ilusión, pero tengo, también, una seria duda. Si no aprendemos a pensar en serio, con personalidad, con entereza, perderemos la oportunidad. El pan se nos quemará en la puerta del horno, como ha sucedido otras veces en nuestra historia. Y esto no será culpa de un solo lado, será una culpa colectiva. Porque el pensamiento es una cuestión de conocimiento, de cultura, de lectura, de estudio, de análisis y polémica abierta. Paso por el país y no veo que todo esto tenga un espacio, una aceptación, un desarrollo suficientes. El estudio es para toda la vida, como predica la Unesco, institución en la que represento a Chile, pero eso aquí no lo practican ni siquiera los estudiantes. ¿Qué se puede esperar, entonces? Me encuentro con excepciones magníficas, en todos lados, pero la regla general me decepciona en casi todo. Y hasta pienso que debería eliminar el «casi».

viernes, julio 15, 2011

Chile: un estado de ánimo, por Roberto Ampuero.


Chile: un estado de ánimo,

por Roberto Ampuero.



Más allá de las demandas sociales acumuladas por decenios que alza una ciudadanía indómita, existe en el país un inquietante vacío de relatos ideológico-programáticos. Es tradicional el déficit de la derecha en la construcción de un corpus que enhebre los aspectos que aspira a materializar o perfeccionar desde el gobierno. Ella cree que con hacer bien las cosas, basta. Cree en la cifra, no en el verbo; celebra el dato, no la poesía, ignorando, de paso, que al mantener la política en lo cuantitativo, el adversario siempre puede exigir más y dejarla de mezquina. ¿Por qué cuatro y no mejor ocho? Queda, además, sin banderas inspiradoras para avanzar al futuro.





También es evidente hoy la ausencia de relato en la Concertación. Se agotó su discurso original que propugnó transición democrática y crecimiento económico. Eso se apagó mientras la Concertación estaba en el poder, y por eso de pronto no supo más para qué lo poseía. Pero fue una etapa en gran parte exitosa, y por eso ella no debe desmarcarse de su historia como administradora del modelo económico que heredó y celebró como prueba de su renovación política y madurez económica. Azora ver que sus representantes parecen haber olvidado ese rol y que hoy son también parte del problema que presentan las demandas ciudadanas pendientes. Cambiar es legítimo y sano, pero malo es hacerlo sin explicar por qué. Defrauda escucharlos afirmar que el lado de sombras que tuvieron en el poder lo impuso la oposición, que ésta los obligó a morigerar planes, que sus deseos eran otros. Me parece tarde para confesar que se hizo el trabajo a medias, pero magnífico el timing para encaramarse en la cresta de la ola de las exigencias callejeras.





La incapacidad de ambos sectores para construir relatos que fundamenten la responsabilidad de ejercer o querer ejercer el poder y que estén dotados de memoria y autocrítica, desperfila convicciones, dificulta el diálogo político, confunde a una ciudadanía ya impaciente y escéptica, y azuza rencillas. La ausencia de una narrativa aumenta en la gente la percepción de que sus líderes carecen de Weltanschauungen en un mundo cada vez más complejo, torna la política en actividad miope y del área chica, sólo dirigida a satisfacer ambiciones. Esa falta de relato que revele convicciones e itinerarios ha creado el actual vacío ideológico, en el cual pareciera dar lo mismo si es el sector privado o el Estado el que debe asumir un rol central en la sociedad, o si se condena o no el afán de ganancia (del cual nadie está libre), o en el que muchos ven al Estado como una panacea caída del cielo, administrada por santos y financiada por fondos ilimitados.





Una coyuntura como la actual, que incluye demandas de equidad y movilidad social; una clase política que no da el ancho para representar la diversidad nacional y la ausencia de ideas movilizadoras, abonan el campo para el populismo y dogmas rechazados en Occidente por quienes vivieron sometidos a ellos.





Sí, la ciudadanía espera que los políticos encuentren soluciones mediante negociaciones y el diálogo. Para eso, al final, les pagamos. Chile, más que un país, como sostenemos a diario, o un paisaje, como afirma Nicanor Parra, es un estado de ánimo. Como tal se nutre no sólo de cifras y soluciones concretas que se den a sus demandas y desafíos materiales, sino también de relatos inspiradores que entusiasmen y doten de sentido profundo, tanto entre jóvenes como adultos, al acto de escoger cada cierto tiempo la opción que proyecte un Chile mejor y posible.

domingo, julio 03, 2011

Educación: a debatir sin complejos

Educación: a debatir sin complejos


Andrés Chadwick P.
Senador,

Marcela Cubillos S. Ex Diputada



Como parlamentarios participamos, junto a diputados y senadores de RN, en construir un acuerdo con la Concertación para mejorar la calidad de la educación. Lo hicimos siendo oposición y no cedimos a presiones corporativas ni a protestas estudiantiles. Sorprende hoy el silencio de la Concertación y su entrega de liderazgo al Partido Comunista. Nosotros seguimos pensando y creyendo lo mismo para avanzar en la calidad educacional:



1) Creemos que la provisión mixta de educación básica y media es el mejor sistema para resguardar la libertad y avanzar en calidad. El Estado como sostenedor, a través de los municipios, es el que demuestra peores resultados. El hecho que un 68% de los profesores municipales ponga a sus hijos en escuelas particulares subvencionadas es en sí mismo un dato elocuente. El sistema necesita cambios en su gestión, que ya están comprometidos en un proyecto de ley que se enviará en septiembre, pero devolver los colegios al Ministerio de Educación es imposible, va contra la descentralización del país y en nada asegura una mejor calidad. Hace sólo tres años la Seremi de Educación Metropolitana, que en teoría administraría estos colegios, no era capaz ni siquiera de rendir cuentas de las subvenciones entregadas.



2) Creemos que la calidad de la educación se juega en el aula. Por eso hemos favorecido el aumento de las subvenciones y las modificaciones al Estatuto Docente para cambiar la gestión de los directores y la evaluación docente, posibilitando el recambio de ellos por malos resultados. Al mismo tiempo, se ha impulsado el mejoramiento docente a través de beneficios a los puntajes altos de la PSU que estudien Pedagogía.



3) Creemos que el camino no es el de las tomas ni las marchas, donde se repiten gastadas consignas y sólo se cosecha falta de clases y estudios, ¿y la calidad dónde? Al Gobierno le corresponde cumplir con las exigencias del calendario escolar, y a los padres que sus hijos asistan a clases. De lo contrario, los principales perjudicados serán ellos mismos.



4) Creemos que la educación superior ha dado un salto espectacular con las universidades privadas. Ellas reciben el 50% de los estudiantes universitarios y hay varias universidades nuevas que compiten mano a mano en calidad con las tradicionales (del Estado). Que en ambas realidades hay planteles que dejan mucho que desear, es cierto, y se necesita con urgencia mejorar la acreditación y la transparencia en la entrega de información para todas.



5) Creemos que pretender "demonizar" a las universidades privadas sólo porque les surgió competencia a las tradicionales es causarles un daño inimaginable a los jóvenes del país.



6) Creemos que las universidades tradicionales necesitan una mayor flexibilización en sus condiciones de competencia y mejoría urgente en sus gestiones. Pero también el compromiso de ellas de ser evaluadas en los objetivos a cumplir. Más recursos de todos los chilenos, sin control ni evaluaciones, negándose a competir por proyectos y queriendo disminuir sus competencias, no parece ser un postulado universitario del siglo XXI.



7) Creemos que los estudiantes universitarios de escasos recursos deben tener el máximo apoyo del Estado para financiar sus estudios. Preferimos un solo fondo solidario como el actual, fortalecido en sus aportes y abierto a todos los estudiantes universitarios sin discriminar por la universidad en la que el joven elija estudiar.



8) Creemos que la educación pública requiere de apoyo y lo estamos haciendo, sin demagogia ni ideas del pasado. Pero al mismo tiempo estamos orgullosos de los cambios que han provocado en Chile la educación particular subvencionada y las universidades privadas como motores de movilidad social y de igualdad de oportunidades para nuestros jóvenes.



El Presidente Piñera fue elegido con más del 50% de los votos para cumplir su programa educacional. Ha quedado claro con los días que los movimientos estudiantiles están "manejados" por la izquierda no concertacionista. Consignas como "nacionalización del cobre" o "asamblea constituyente", que en nada dicen relación con la calidad de la educación, los delatan de cuerpo entero. Conductas como las del rector Pérez, callado y sumiso años atrás y hoy marchando e impidiendo cualquier acuerdo, son decidoras sobre la politización del movimiento.



Lamentamos las marchas, los paros, y la pasividad de la Concertación. De la misma manera como defendimos juntos en el pasado los principios de la libertad de enseñanza y trabajamos por la calidad de la educación, hoy convocamos a todos los que no se han expresado a que lo hagan. La gran mayoría de los chilenos quiere libertad y calidad de educación, y así lo expresó en la última elección presidencial.

martes, junio 14, 2011

Entre devastados y aliviados, por Tamara Avetikian.

Entre devastados y aliviados,

por Tamara Avetikian.



Mis amigos peruanos están divididos entre los devastados por el triunfo de Ollanta Humala y los que aplauden que el fujimorismo no volviera al poder.


Para los primeros, ésta es una "gran involución" de un país que caminaba hacia el desarrollo a pasos agigantados; están preocupados porque ven "inconsistencia en el discurso" del Presidente electo; no confían en su entorno por la "gran disparidad de personajes", y no le encuentran a Humala "pasta de estadista". Eso, al menos, es lo que me han dicho algunos de ellos.


Entre quienes se sintieron aliviados porque Keiko no ganó, y así se "salvaron de la mafia fujimorista", hay dos vertientes: los que cruzan los dedos para que el Presidente electo no siga los pasos de gobiernos de izquierda transformados en populismos autoritarios, como el de Chávez, y quienes confían en que cumplirá sus promesas de respetar la libre expresión, la democracia, y la de mantener el sistema de economía de mercado del que "tanto se ha beneficiado el Perú", como dijo Mario Vargas Llosa.


Por primera vez en su historia, gracias a un crecimiento sostenido -en 2010 se empinó sobre el 8,8 por ciento-, los peruanos estaban destinados a dar un salto cualitativo en el nivel de vida de toda la población, no sólo de los bolsones de desarrollo en Lima y sus alrededores. Todavía más del 30 por ciento de los peruanos vive en la pobreza, y regiones enteras están al margen de los beneficios de la modernidad. Hablo de lugares que no sólo carecen de Wi-Fi o red eléctrica, sino hasta de agua potable. O sea, hay que imaginar a miles de mujeres que buscan el agua a cuadras de distancia para preparar la comida. Ni qué hablar de alcantarillado, inexistente en centenares de pueblos de la sierra y la selva.


Ninguno de mis amigos que apoyaron a Humala en la segunda vuelta votó por él en abril. Lo hicieron a regañadientes, porque ante la disyuntiva de un candidato de izquierda y la hija de un ex Presidente al que la justicia condenó por corrupción y violaciones de derechos humanos, preferían darle el beneficio de la duda al primero. Una apuesta arriesgada, que genera inseguridad. No sólo en Perú, sino también en los empresarios y los gobiernos de la región.


El mayor temor, a estas alturas, es que emigren las inversiones que han contribuido al despegue de Perú. Para los empresarios chilenos, es fundamental que Humala dé señales claras, como nombrar a un gabinete que genere confianza por ejemplo, de manera que les garantice que no cambiarán las reglas del juego. LAN y Cencosud confirmaron millonarios planes de inversión. No tenían alternativa. Otros pueden tomar el camino opuesto. Declaraciones como la del jueves, sobre impulsar una aerolínea estatal, no van en la dirección correcta.


Mis amigos peruanos que hoy confían en Humala me aseguran que su antichilenismo no es sino cosa de campaña. Sólo lo comprobaré cuando esté gobernando, pero, por ahora, no les creo.


miércoles, mayo 11, 2011

Osama bin Laden es el pasado, por Roberto Ampuero.


Osama bin Laden es el pasado,

por Roberto Ampuero.



La muerte de Osama bin Laden se convertirá en un hito imborrable para millones de personas en todo el mundo. A partir de ahora, nadie olvidará nunca qué estaba haciendo en el momento en que se enteró de la operación militar en Pakistán. Para muchos, el líder terrorista estaba muerto hace tiempo, y el anuncio tuvo el efecto de hacerlo revivir, de comprobar que aún existía. La mayoría estimaba que el hombre más buscado del planeta jamás sería hallado.


No hay que confundirse: Osama bin Laden está en boca de todos y parece vigente, pero en verdad pertenece al pasado. Estaba muerto hace mucho. Era un tipo aislado y asediado, que a partir del 11 de septiembre de 2001 vivió recluido en las montañas o en la disimulada fortaleza donde lo hallaron. Si bien seguía siendo -y quizás a partir de ahora lo sea con mayor fuerza- inspiración para muchos extremistas, carecía ya de mando efectivo en la lucha de sus huestes contra Occidente. Su muerte en Pakistán no sólo revela lo absurdo de haber iniciado una guerra contra Irak, sino también que conviene retirarse de Afganistán. El fin de Bin Laden cierra un ciclo que él inició y ofrece a Estados Unidos la oportunidad de redefinirse en materias esenciales.


Pero una oportunidad es sólo eso: una oportunidad. Uno la aprovecha o la pierde. El actual gran momento del Presidente Obama puede irse como el agua de entre las manos. De cara a la presidencial de 2012, la discusión puede empezar a girar ahora en torno a si el descubrimiento del saudí se debe a los demócratas o los republicanos, a la acuciosa recolección de información de inteligencia o a la tortura, a si hubo errores de procedimiento en la operación o si se debió haber capturado con vida a Bin Laden para juzgarlo ante un tribunal. La discusión puede descarrilarse.


Y es probable que ese peligro deje bajo la mesa temas esenciales en esta coyuntura. Lo son la economía, el endeudamiento, las pensiones, la salud y la migración, desde luego, pero también las guerras de Afganistán e Irak, y la recuperación del país que se perdió en 2001. Son interrogantes sensibles: ¿Tiene sentido seguir manteniendo 100 mil efectivos en Afganistán, en una guerra que ya cuesta 440 billones de dólares a un país en crisis presupuestaria? ¿No hubiese sido más efectivo destinar semejante volumen a mejorar las condiciones de vida en ese país? ¿Debe Estados Unidos seguir patrullando el mundo y financiando la seguridad de Occidente? ¿Tiene sentido tener hoy un ejército más poderoso que cuando existía el Pacto de Varsovia? ¿Está el país condenado a mantener por siempre un aparato de seguridad que devora cifras siderales y afecta la vida cotidiana del ciudadano?


Mientras los políticos estadounidenses sigan analizando el tema de Osama bin Laden con la calculadora puesta en las próximas elecciones y no como epílogo de un brutal capítulo del pasado, no lograrán restablecer el sentido común dentro de la política, ni dar respuesta a las interrogantes que oscurecen el horizonte nacional. Mientras los políticos sigan atados a declaraciones efectistas y que polarizan, no lograrán concentrarse en los retos que plantea la creciente pérdida de hegemonía de la superpotencia, ni dar el golpe de timón que Estados Unidos precisa.


Osama bin Laden es el pasado. Su muerte es la oportunidad que ahora tiene Estados Unidos para volver los ojos al futuro.


miércoles, abril 27, 2011

La libertad compasiva, por Karin Ebensperger Ahrens.


La libertad compasiva,

por Karin Ebensperger Ahrens.



Quisiera manifestar mi discrepancia con ciertas críticas que han surgido desde sectores afines al actual gobierno, frente a las medidas de la agenda social. Parto del supuesto de que el liberalismo económico se funda en la libertad, y que ésta no se aplica solamente al ámbito económico.


En el necesario desarrollo para salir de la pobreza, la racionalidad económica es una base indispensable, pero en ningún caso suficiente, para asegurar el avance hacia una sociedad más justa. La mera economía no puede aportar soluciones para una infinidad de problemas complejos en la sociedad. Por algo, grandes pensadores económicos -incluyendo al propio Adam Smith y a Friedrich von Hayek- fueron también filósofos morales, que hablaban de la necesidad de un consenso previo a la economía, que debe incluir virtudes asociadas a la libertad, como la confiabilidad o la lealtad. No bastan las leyes económicas si no van acompañadas de nociones mínimas de lo que está bien y lo que está mal en una sociedad. Y en Chile está mal la enorme desigualdad; es contraria a la lealtad mínima que esperamos de un sistema social.


En nuestra sociedad está bien que se busque el equilibrio macroeconómico y el crecimiento del PIB para avanzar hacia una sociedad de individuos libres y no dependientes del Estado. Pero está mal que en todos estos años demasiados chilenos no logren aún salir de la pobreza porque carecieron de oportunidades mínimas, o porque un Estado ineficiente hizo mal uso de recursos destinados a proveer salud, educación y jubilación adecuada a quienes por planilla se les retiraba su contribución, o a quienes el sistema no los incorporó desde la cuna. Si un gobierno no se hace cargo de esa injusticia de base y no actúa con una buena combinación de códigos morales y códigos económicos, podría debilitarse lo más importante en una sociedad: su cohesión interna.


Los vaivenes políticos en América Latina se explican porque las sociedades no encontraron parámetros validados colectivamente, porque los intereses de "clases" prevalecieron por sobre consensos mínimos de equidad. Al contrario, la prosperidad de las sociedades europeas, y del propio EE.UU. formado por inmigrantes, se consiguió porque esos pueblos lograron ciertos equilibrios sociales con un sentido de justicia compartido; si bien se basaron en el esfuerzo personal, la valoración de la libertad individual y de la economía de mercado estuvo siempre acompañada de un Estado subsidiario muy atento a ayudar a los más rezagados. No estoy propiciando la idea del Estado benefactor sobredimensionado que hoy es un obstáculo en muchos de esos países, sino la génesis de un sistema que pudo acompañar y sacar de la pobreza a millones.


La activa agenda social del actual gobierno de Chile ha sido criticada por quienes, con la mejor intención, quieren proteger los avances económicos logrados. Sé que es clave el crecimiento económico para generar empleos, la libertad de las personas para elegir por sobre los altos impuestos para distribuir y los equilibrios macroeconómicos para la independencia política, económica y soberana de Chile frente a imposiciones e inestabilidades externas, pero no puedo ignorar que hay sectores marginados para los cuales todo eso no basta. Y que si no se los apoya ahora ya, van a perpetuar en sus hijos el círculo de la pobreza. Creo que ministros como Felipe Larraín en Hacienda, preocupado de los equilibrios fiscales; Juan Andrés Fontaine en Economía, atento a la productividad y a los miles de pequeños empresarios que generan empleo masivo, y Felipe Kast, con una mirada sensible hacia los más postergados, son una combinación muy potente para avanzar hacia una sociedad más justa. Eso, en el entendido de que no puede ser a costa del crecimiento. Pero es legítimo que un gobierno -como todos los gobiernos de los países que prosperaron- combine la teoría con la práctica, la regla económica con una mirada abierta a la complejidad de una sociedad aún demasiado desigual.

miércoles, abril 06, 2011

Liderazgo político, por Gonzalo Müller.



Liderazgo político,

por Gonzalo Müller.



Lo vivido en las últimas semanas a partir del caso de la intendenta Van Rysselberghe, ha dejado en evidencia la pobre situación de nuestra política, enceguecida por los ataques y la lucha entre los distintos actores, aun dentro de las propias coaliciones y partidos. Mal habla de nuestra dirigencia su incapacidad de resolver las controversias y la presencia de la descalificación permanente del contrario, sin el mínimo respeto cívico.



El espectáculo generado en torno a la acusación constitucional contra la ex intendenta, ha dejado aflorar lo que la ciudadanía más rechaza de la política chilena: el privilegiar los intereses personales por sobre el interés general; la lucha por el poder en su aspecto más descarnado; la concentración de la agenda pública en un debate que no es tal, sino una larga lista de declaraciones grandilocuentes que buscan más causar daño al adversario que avanzar en soluciones. Y cuando la pequeñez campea, los ciudadanos sólo se pueden sentir defraudados.



En estas mismas semanas, el Gobierno ha desplegado una gran agenda social para ser debatida en el Congreso. Proyectos como el posnatal de 6 meses, la eliminación del 7% a los jubilados, el bono Bodas de Oro, han sido opacados por la lucha fratricida desatada sobre todo al interior de la propia Coalición por el Cambio. Más allá de la legitimidad de los intereses por cada uno defendidos, se hace impresentable ante los ciudadanos esta dicotomía, donde se deja de lado los que a ellos interesa —discusión de beneficios sociales— para concentrarse en lo que responde a ‘mi interés’ y ‘cómo puedo ganar una cuota más de poder o infringir una derrota “política” a mi adversario’.



Para ser justos, esto no aplica para la gran mayoría de parlamentarios que se han marginado prudentemente de este espectáculo, sino para aquellos que se han especializado en las acusaciones sin fundamento, en las declaraciones rimbombantes y sin contenido, en la estridencia que agota, pero que genera atención de los medios. Es a aquellos que no vale la pena ni nombrar, a los reyes de la pequeña política, la de la ventajita y el corto plazo, a quienes la ciudadanía debiera hacer responsables de este triste espectáculo.



Es en estos tiempos de desorden y caos donde se extraña la presencia de los verdaderos liderazgos políticos, esos capaces de ordenar a sus huestes, de poner en el correcto orden el debate, priorizando el bien común por sobre la búsqueda de pequeñas y fugaces demostraciones de poder.



¡Cómo nos podríamos haber ahorrado el triste espectáculo y la serie de errores cometidos las últimas semanas de contar con personas dispuestas a asumir estos liderazgos, sin pensar en los costos de corto plazo sino en los beneficios de largo alcance! ¿Qué incentivos perversos provocan que el mismo Congreso que fue capaz de avanzar y sacar adelante, con un acuerdo transversal, la reforma educacional, aplaudida por moros y cristianos, hoy haya sido incapaz de frenar o resolver la guerra de declaraciones? Nada desalienta más que ver a una clase política que llega al encarnizamiento por su inoperancia e incapacidad de lograr encontrar una solución.



La renuncia, ofrecida o acordada, ha dado un respiro y una oportunidad de recuperar el tono y la sensatez, de darnos cuenta que la política en cuanto a su capacidad de construir ennoblece, pero que la actividad pública bajo lógicas del solo interés personal o partidista genera el natural rechazo en un país que necesita de verdaderos liderazgos para avanzar al desarrollo.


jueves, marzo 31, 2011

Jugar a las escondidas, por Alberto Medina Méndez.


Jugar a las escondidas,

por Alberto Medina Méndez.


Es difícil comprender como hemos llegado hasta aquí. Aunque en realidad, cabría decir que mucho de esto era más que predecible.


La versión más inocente, dirá que los ciudadanos entendieron que algunas tareas no podrían resolverlas sin la existencia de una institución neutral, equidistante, objetiva. Así nacía la utopía estatal, ese engendro que resolvería lo que los humanos no podíamos por nosotros mismos. Debía ocuparse de las tareas encomendadas y para ello precisaría fondos, esos que solo podían financiarse con impuestos, es decir, quitándoles a los ciudadanos, su dinero, es decir una parte del resultado de su trabajo.


De aquel ingenuo comienzo a este presente hostil pasaron siglos, y en ese camino, lo que se presentaba como un mal necesario, parece haberse convertido mágicamente en la panacea, en el altar de las bondades.


Pero a las atrocidades del creciente desarrollo estatal, a la permanente vocación por apropiarse de recursos y libertades ajenas, en nombre de cuanta causa justa fuera capaz de crear, ahora se agrega la osadía del ocultamiento del uso de los dineros obtenidos.


A medida que los gobiernos avanzaron, se sofisticaron, se complejizaron, han inventado una maraña de normas, pérfidas ideas y extrañas argumentaciones, que los exime misteriosamente de mostrar que hacen con el dinero público, con ese que previamente le quitaron de forma arbitraria y compulsiva a cada uno de los ciudadanos, a esos que les gusta llamar “contribuyentes”, para evitar el nombre adecuado, el de saqueados.


Es que ya sabemos que cuando un particular le quita compulsivamente a otro su dinero, eso se llama robo, pero que cuando el que se lo arrebata, también por la fuerza, es el Estado, solo se llama “impuesto”, apelando a ese viejo eufemismo, moralmente aceptado.


Queda claro que la política y las corporaciones, han hecho un pacto de impunidad, de silencio cómplice. Nadie parece tener demasiado interés en revelar lo imprescindible, en hacer lo obvio, en plantear lo correcto. Se trata de no transparentar esos recursos, de no contar como aplican esos fondos.


El ocultamiento, la desinformación, la oscuridad en los números, les permite trabajar sin frenos, disponer sin explicaciones, no rendir cuentas y mucho más aun, utilizar esos dineros con criterios discutibles, las mas de las veces haciendo política, y en ocasiones rozando lo delictual, cuando no lo ilegal.


Para ello, han generado una creativa batería de ardides, extraños mecanismos, y retorcidos artificios para no enseñar nada, no divulgar cifra alguna con claridad. Y cuando todo eso no resulta suficiente, apelan a la especialidad de la casa, ignorar el reclamo popular hasta que la comunidad se agote en su propia falta de perseverancia cívica.


Cuando se usan recursos ajenos, y mucho más aun, cuando se trata de los que provienen de los bolsillos de los ciudadanos, esos que detrae de lo conseguido con esfuerzo y trabajo por cada habitante, bajo el más cruel mecanismo de la recaudación impositiva, lo menos que se puede esperar es una cuota de seriedad y algo de responsabilidad.


Sobre todo si tenemos en cuenta que quienes lo gastan, lo hacen en nombre de otros, y no a titulo propio. Son meros administradores y no propietarios de esos recursos. Deberían comportarse como tales.


Muchos dirán que el presupuesto aprobado por los cuerpos legislativos es suficiente. No es sensato creer que con publicar algunos renglones, cuyos conceptos son genéricos, ambiguos y difusos, puede alcanzar para cumplir con los preceptos elementales de cualquier democracia sana. Solo son generalizaciones, tramposas por cierto, elegantemente presentadas, disfrazadas de tecnicismos, que ocultan más que transparentan lo que implica cada asignación.


Los ciudadanos tenemos derecho a conocer hasta el último detalle del gasto de cada repartición, de cada oficina funcionario del sector público. Somos los legítimos propietarios de esos dineros, y lo menos que podemos esperar es que quienes han sido elegidos para administrarlos, no oculten nada.


No se trata de una pretensión exagerada, el ocultamiento, en todo caso, implica un despropósito, una inmoralidad indefendible. Y no deberíamos reclamarlo, tendría que estar publicado en lugares visibles, más aun en estos tiempos de disponibilidad tecnológica casi ilimitada. El dinero de todos no está para financiar propaganda de funcionarios, ni tampoco para solventar elogios serviles a personajes contemporáneos de la política.


La austeridad republicana debería primar como criterio para el gasto estatal, pero la visibilidad, la transparencia, la absoluta claridad de la administración de esos recursos de todos, no puede ser siquiera discutida.


Que los que usan el dinero ajeno sigan defendiendo eufemismos para rotular las partidas presupuestarias, justifiquen gastos reservados, y cierta cultura de seguridad pública para disponer a mansalva de lo ajeno, no puede sorprender. El que gasta con lo de los demás, siempre encuentra argumentos inteligentes para sostener su parodia.


Lo patológico, es que la ciudadanía, esa que es saqueada vía impuestos, de esos directos, y de los otros, valide semejante atropello, y que ni siquiera sea capaz de exigir el mínimo respeto cívico, ese que merecen los miembros de una sociedad. Su derecho a la verdad, a estar informados de donde esta cada centavo, de cómo se usa cada partida.


El esperpento estatal no solo tiene defensores, los más de ellos, esos que viven a sus costillas. Ahora la argumentación se ha perfeccionado, parecen intentar convencernos que no solo hay que gastar mucho, sino que también corresponde no rendir cuentas, ocultar todo y jamás hacer lo adecuado.


La política sigue abonando a su propio desprestigio, casi en caída libre. Ni unos, ni otros, ni los que están, ni los que estuvieron, ni siquiera los que mañana pretenden estar, se encuentran dispuestos a prometer algo tan elemental y básico como la transparencia. No esperemos milagros, solo la sociedad civil puede exigir lo que la política no está preparada para ofrecer. Deben tener sobrados motivos para no hacerlo. Parece mejor no preguntar demasiado. Son hábiles, capaces de dilatar respuestas comprometidas hasta el infinito. Son especialistas en jugar a las escondidas.



Para comunicarse con dos Alberto Medina Méndez por email: amedinamendez@gmail.com, por skype: amedinamendez, página web

www.albertomedinamendez.com