martes, julio 06, 2010

Una sola voz, por Hernán Felipe Errázuriz.


Una sola voz,

por Hernán Felipe Errázuriz.

No es sorpresa que Perú fabrique un juicio, desconociendo el límite marítimo con Chile fijado por tratados internacionales, y recurra a la Corte de La Haya. A menudo los políticos peruanos usan las relaciones con Chile para mejorar su popularidad, para recuperar protagonismo, y hasta por frustraciones. Lo inesperado es que un ex Presidente y un ex canciller chilenos caigan en el mismo juego de algunos políticos peruanos.

Es legítimo discrepar en la conducción de la política exterior, pero, por sus anteriores cargos, se esperaría que ambos actuaran con una sola voz con el Gobierno chileno y que sus diferencias las plantearan por los canales apropiados, directamente a la Cancillería, para evitar que el país aparezca dividido en un tema de Estado.

No sólo en las formas están equivocados el senador Frei y el ex ministro Fernández, también lo están en el fondo.

Sostener que haber recurrido Perú a La Haya constituye un acto hostil es un error. Desagrado o no, Perú, como cualquier nación, tiene derecho a pedir la intervención de la justicia. Así procedió el Presidente Frei Montalva cuando Argentina desconoció los límites en el Canal Beagle. En el caso de Palena, el Presidente Alessandri ejerció el mismo derecho. Al plantear recurrir a la justicia, nadie señaló que eran actos inamistosos.

Pretender que la cooperación bilateral con el Perú podría inducir a la Corte a apartarse del derecho es otro error y un agravio a ese tribunal. Además, que las partes mantengan buenas relaciones durante un juicio es prueba de confianza en sus posiciones y lo esperable entre naciones civilizadas. Ello no impide la indispensable firmeza en la defensa de nuestros derechos o ante ilegítimos incidentes que provoque Perú, o proceder con cautela en las negociaciones con ese país.

La Presidenta Bachelet y su canciller Alejandro Foxley afirmaron, al presentarse la demanda peruana, que Chile “procurará que las relaciones con Perú continúen por la senda de mutua cooperación y entendimiento, en beneficio de sus respectivos pueblos”.

Y tenían razón, los lazos con Perú deben mirarse con visión de largo plazo y son demasiado importantes para que sean rehenes de la demanda marítima. Hay poderosas razones de seguridad nacional para fortalecer esos vínculos necesarios para la paz y para el bienestar de las actuales y futuras generaciones.

Tenemos una frontera común que preservar pacíficamente. Con Perú compartimos intereses, valores y principios; es nuestro principal mercado vecinal, por sobre Argentina; y son decenas de miles los peruanos legalmente residentes en Chile.

En estas dimensiones la cooperación mutua con Perú es fundamental para el interés nacional y es una política de Estado. Lo demás es politiquería.



sábado, junio 26, 2010

Sociología y gramática, por Jorge Edwards.


Sociología y gramática,

por Jorge Edwards.

Me llama por teléfono un amigo y me dice que todo lo relacionado con el Premio Nacional de Literatura es un tema de sociología chilena. Es un punto delicado, sensible, quizá enfermizo, que provoca irritaciones y susceptibilidades exageradas, que despierta pasiones sorprendentes. Parece una contradicción: leemos poco, la vida literaria nos deja indiferentes, y existe, sin embargo, una curiosa fiebre del Premio, no tan exagerada y callejera como la del fútbol, pero capaz de provocar reacciones altamente delirantes. Me cuentan que alguien escribió en su blog un ataque furibundo en contra mía, y sólo porque traté de ser razonable y equilibrado en esta peligrosa materia. Ahora se me ha ocurrido escribir un ensayo sobre el asunto. Como ya lo dije antes, la palabra ensayo viene del latín tardío pesar o medida de peso. Un ensayo sobre el Premio Nacional de Literatura y las violentas reacciones que provoca sería una reflexión libre, exploratoria, esencialmente abierta, sobre la mentalidad criolla, sus fortalezas y sus debilidades. No puedo aspirar a que me den un premio por un ensayo así, pero podría conquistar a unos pocos lectores. Y divertirme en forma inocente durante algunas madrugadas de insomnio.

He llegado a la conclusión de que otro aspecto de la vida chilena que merece una atención particular es el de las agendas: una sociología de las agendas. Me invitan a dar conferencias, a escribir prólogos, a participar en mesas redondas heterogéneas, a almuerzos de trabajo, a cenas de diversión, y en la mayoría de los casos hago un apunte en mi computador. Cuando la fecha y el lugar quedan anotados, no importa que el suceso se produzca dos o tres meses más tarde. Llego a la hora, casi siempre de corbata (para molestia de alguna gente simplista), con mi tarea preparada. En la mayoría de los casos, me llaman por teléfono el día anterior para confirmar. Si no llaman, es necesario entrar en sospechas. La anticipación de más de una semana obliga en Chile a la reiteración, a refrescar la memoria. Aunque no seamos miembros de una sociedad esencialmente desmemoriada, la desmemoria se presume. Es un fenómeno que podría cambiar al ritmo de nuestra modernización, de nuestra entrada en el siglo XXI, pero que todavía no cambia.

Pues bien, el día martes, a las siete en punto de la tarde, partí a la Biblioteca Nacional. Hacía alrededor de tres meses que me habían pedido que interviniera en la presentación de la Nueva Gramática de la Lengua Española, dos impresionantes tomos encuadernados y producidos por la Real Academia Española y por las diferentes Academias de la Lengua. Caminaba preocupado y empeñado en dos cosas: en no torcerme un tobillo en los numerosos hoyos de nuestras veredas centrales y en organizar mis ideas de escritor bastante ignorante en materias gramaticales. Pero me habían dicho que se trataba de escuchar a un experto, José Luis Samaniego, y a un lego, a un simple practicante. No había recibido las invitaciones correspondientes y suponía que se habían extraviado. Y no me había llamado nadie para confirmar, a pesar de que me habían llamado varias veces para comprometerme en el evento. Cosas de las academias, me decía. Llegué y descubrí que la Biblioteca Nacional, obra importante de nuestro primer centenario, que hasta aquí, comparado con el segundo, muestra una notoria superioridad, estaba cerrada a machote debido a trabajos de reconstrucción después del terremoto de fines de febrero. Las academias limpian, pulen, dan esplendor y no avisan, a no ser que me hayan avisado en otro idioma y no haya entendido el aviso. De cualquier modo, la lectura del prólogo y de algunas páginas sesudas de esta Nueva Gramática me había dado ideas. Mis primeros profesores de gramática y de castellano fueron mis maestros jesuitas del Colegio de San Ignacio: el padre Iturrate, el padre Cereceda, Francisco Dussuel, que era crítico literario, compositor de música, director de la orquesta escolar y profesor. Iturrate me encargó que hiciera un trabajo sobre Alberto Blest Gana y lo leyera en mi clase de tercero de humanidades. Trabajé largas noches en el tema, leí miles de páginas y cuando llegó el día de la lectura de mi texto me lo sabía de memoria. Me parece ahora que fui aplaudido por mi memoria, no por mis interpretaciones de los escritos de esta especie de Balzac chileno. Y esa lectura intensa me dejó una impresión irreverente y contradictoria: la de que Blest Gana era un estupendo novelista, un narrador notable y un escritor más bien mediocre. Construía grandes cuadros novelescos, movía a sus personajes a lo largo del espacio y del tiempo, pero su lenguaje, a pesar de su habilidad narrativa, me parecía tieso, acartonado, lleno de galicismos de franco mal gusto. El hombre había flotado alrededor de medio siglo en un ambiente lingüístico francés y no había mantenido una conciencia suficiente de la raíz hispánica de su lengua. Por eso, y esto me sucede hasta hoy, leo a Vicente Pérez Rosales y me parece un memorialista notable y un hombre que maneja la lengua española con gracia, con insuperable soltura, con picardía. Leo, en cambio, a Blest Gana, lo releo, y me digo que es un novelista extraordinario, pero que su manejo del lenguaje no siempre lo acompaña. No sé si el fenómeno tiene algo que ver con la gramática. A don Alberto se le había infiltrado el francés en la médula misma del español. Don Vicente, en cambio, había tenido interesantes conversaciones en su juventud con Leandro Fernández de Moratín y nunca se le habían olvidado. Todo esto podría ser materia de un tercer ensayo: el Premio Nacional, las agendas, la diferencia entre la prosa de Blest Gana y la de Pérez Rosales.

En esa ida y regreso a la Biblioteca Nacional me acordé de otras cosas. Azorín, por ejemplo, a quien leí en mi adolescencia y después abandoné, escribía con una gramática segura, pero sostenía que los escritores no debían estudiar gramática. Era partidario de la frase rápida, intuitiva, fresca, y pensaba que recurrir en la duda a los tratados gramaticales era una mala costumbre, que atentaba contra la chispa, contra la naturalidad. Seguía en este punto a su maestro Michel de Montaigne, pero quizá no se daba cuenta de que Montaigne había aprendido el latín antes que su francés materno. El molde grecolatino hacía que su gramática francesa fuera impecable, y por eso introducía en su prosa, con la más gozosa libertad, toda clase de giros coloquiales gascones. La diferencia entre Azorín y Montaigne, entonces, podría dar pie para escribir el cuarto de mis futuros y probables ensayos.

Si alguien escribe «ensayos», afirmó en una oportunidad Montaigne, no pueden ustedes exigirle «resultados».



jueves, junio 17, 2010

El vigilante en travesía, por Gonzalo Rojas Sánchez.

El vigilante en travesía,

por Gonzalo Rojas Sánchez,

historiador, abogado, pedagogo.

Hasta ahora, Andrés Allamand ha tenido cuatro o cinco intervenciones importantes desde la segunda vuelta presidencial.


Primero fue su rechazo abierto y claro al gabinete del Presidente Piñera. El senador de RN fue el único en la Alianza que se atrevió a criticar directamente los criterios de selección utilizados. Y, como consecuencia de su rabietilla pública, debió enfrentar una fuerte molestia de sus correligionarios y un distanciamiento con el Presidente.


Pero como su intención no era mejorar la popularidad entre los suyos, perseveró en la tesis pocas semanas después, con su entrevista a un semanario, presentada con esa foto de portada tan poco espontánea: aparecía mal afeitado y con un ojo dirigido hacia la cámara. “Estoy vigilando”, era su mensaje.


Efectivamente, mediante su oposición trataba de quedarse con la exclusiva: haber sido el único que advirtió las fallas en el diseño ministerial le daría un bono a cobrar cuando lo estimase oportuno: en cuotas o de una vez. “Yo te lo advertí, Sebastián”.


El cobro inicial se produjo poco antes del 11 de marzo, con el nombramiento de los subsecretarios. Ya entonces el senador colocó en palacio a algunos de sus alfiles. Las próximas cuotas se utilizarán a gusto del acreedor, con especial referencia a los cambios de ministros, intendentes y gobernadores de mitad de período. Ahí Allamand hará valer el resto de su bono; a su favor, ciertamente.


Pero sigamos con las etapas. En tercer lugar vino el lanzamiento de su libro sobre la última campaña. ¿Un texto anecdótico? No, aunque tampoco es programático. Es más bien un acto simbólico: “De campañas —y bien por dentro— yo entiendo, yo conozco sus secretos, yo sé valorar a sus actores”. Y como vienen otras…


Después intentó evitar las elecciones internas en RN. Consciente de que Carlos Larraín tenía grandes opciones de triunfar, primero recomendó que se postergaran los comicios y después optó por apoyar a quienes pudieran darle algún respaldo en sus proyectos futuros, aunque resultaran perdedores, como efectivamente sucedió.


Todas sus primeras gestiones se habían dirigido, por lo tanto, a transmitir señales de capacidad política e independencia a su propio sector; pero hoy considera que ha llegado el momento de iniciar una movida de amplio alcance, de efectos estadísticos masivos.


Por eso, como faltaba algo para comenzar a mejorar su popularidad con vistas a su proyección nacional, es que ahora hace su cuarta o quinta aparición, anunciando el envío del proyecto de ley sobre uniones de hecho.


Allamand sabe que provocará con ese texto dos cosas en la superficie: tensiones en el Gobierno y divisiones en la Alianza, o sea, nuevos rechazos en Larraín, y claros distanciamientos desde Kast y Coloma, mientras que a su lado se acurrucarán los diputados más liberales de ambos partidos.


Lo sabe, y lo quiere. Porque en el fondo, lo que busca con su juguetito es hacerse más aceptable entre quienes van a la deriva en sus opciones civiles y moral-culturales. Apunta a ese segmento de chilenos que votarán por el que les prometa, simplemente, las más fáciles condiciones para vivir una vida como les dé la gana. Esa gente que no es de derecha, ni de centro, ni de izquierda; que no es liberal, ni socialista, ni conservadora.

Esa gente que simplemente quiere que no le exijan casi nada, o lo menos posible. Y Allamand estará legítimamente disponible para ellos, en perfecta simetría con Girardi.


Antes fue una travesía en el desierto; por ahora es la travesía de un vigilante. Más adelante, cuando lo estime oportuno, será abiertamente la ruta del precandidato presidencial.


Y a él, ¿quién lo marca?

jueves, junio 10, 2010

Otero: de la verdad al perdón, por Gonzalo Rojas Sánchez.


Otero: de la verdad al perdón,

por Gonzalo Rojas Sánchez.

Unos opositores persiguen a un embajador por haber manifestado que "la mayor parte de Chile no sintió la dictadura". Pocos días antes, un religioso había descalificado a un obispo porque en sus tiempos de laico trabajó para el gobierno del Presidente Pinochet.

Dele con la campaña.

Que el embajador Otero crea que debe pedirle disculpas al Presidente (por algo así como tener pensamiento autónomo) revela hasta qué punto la derecha inclusiva y pragmática que algunos de sus correligionarios quieren crear, siembra el temor entre sus propios adherentes.

Que el religioso aquel anuncie que protestará si el obispo ese llega a ser nombrado para Santiago, revela cuán sólida es la seguridad de los "progresistas" respecto de su capacidad de infundir el miedo.

Ambas situaciones muestran que, también en la concepción histórica, el izquierdismo ha indexado nuevos dogmas, a los que pretende que todos los chilenos deban adherir con alma, corazón y vida.

El primero dice así: "Si usted trabajó para el gobierno militar, en cualquier calidad, por definición usted es culpable de complicidad en la violación de los derechos humanos; usted es un genocida por osmosis; usted lleva en su corazón la marca del crimen; usted no puede validarse en el Chile democrático, y si hasta ahora lo ha logrado, es porque engaña a sus conciudadanos, pero usted no puede pretender que no lo persigamos hasta desenmascararlo como un criminal".

Y el segundo está redactado de este modo: "Si usted piensa que hubo aspectos positivos del Gobierno militar, usted necesita un tratamiento intensivo para curarse de tamaña desviación; ha de saber usted que nadie en su sano juicio puede afirmar algo distinto de la verdad oficial, perfectamente compartida por los últimos candidatos presidenciales (sí, por todos): a saber, que el gobierno de Pinochet fue el peor de la historia de Chile".

Aquella portada de La Nación acusando de violadores de los derechos humanos a importantes civiles -sin pruebas ni fundamentos- pasó y dejó su mugre. Aquellos ataques a Jovino Novoa pretendiendo inhabilitarlo para presidir el Senado por haber sido subsecretario de Pinochet, hirieron sin razón alguna. Esos anuncios del futuro (actual) ministro del Interior sobre la decisión de evitar nombramientos de funcionarios de Pinochet -por cierto, no cumplida- ofendió sin medida.

Así ha ido instalando la izquierda dura su discriminación arbitraria, así ha logrado que le hagan eco los despistados de variadas denominaciones, y la eficacia de su estrategia ha llegado al punto de que no duda en sumarse a esa campaña un destacado religioso, experto en solidaridad.

Aquellos textos de estudio repartidos por decenas de miles en los que se alaba al MIR y se denigra al 11 de septiembre. Aquel concurso de TVN programado para canonizar a Allende como el chileno más grande, cuando en realidad fue el peor Presidente de la historia. Esa claudicación de los alcaldes aliancistas que ensalzan a Gladys Marín dedicándole avenidas. Con todo eso se ha pretendido que los adherentes a Pinochet abandonen su defensa del verdadero pasado nacional.

Por cierto, otro destacado religioso me lo dijo un día, cara a cara, con noble sinceridad y clara frialdad: "He pedido que a usted lo saquen de su universidad, porque nadie puede defender al gobierno del dictador Pinochet como usted lo hace; no tiene derecho a ser profesor titular en esa corporación". Y, consultado, mi rector de la época me confirmó que la gestión había sido hecha, ante él mismo...

¿A dónde llegarán? Eso da igual: son capaces de todo. Lo decisivo es que se les enfrente con un arma que no poseen: la verdad.

El izquierdismo ha indexado nuevos dogmas, a los que pretende que todos los chilenos deban adherir con alma, corazón y vida.