miércoles, octubre 06, 2010

Desde la literatura se les explica a políticos y especuladores el valor de la libertad, por Karin Ebensperger.


Desde la literatura se les explica a políticos y especuladores el valor de la libertad,

por Karin Ebensperger.


El novelista Jonathan Franzen es el nuevo referente para analizar lo que pasa al interior de la sociedad norteamericana. Incluso la revista Time -que hace tiempo ya dejó de ser tan rectora en contenidos, pero cuyas portadas siguen generando impacto- lo puso en su tapa tras 10 años sin que un escritor ocupara ese lugar. Los críticos de Europa y Estados Unidos en forma unánime elogian su novela "Freedom", que acaba de publicarse, y The New York Times la califica de obra maestra.


Ya su nombre -"Freedom"- es muy sugerente. Porque el concepto de libertad involucra todo lo que Estados Unidos ha querido ser desde que los primeros inmigrantes europeos fundaron esa nación.


Y en buena parte Estados Unidos se ha desarrollado como una sociedad en donde las libertades individuales y políticas son centrales y respetadas, al menos comparativamente con la mayoría de los países. Pero el ataque terrorista externo a las Torres Gemelas, y luego el "ataque" interno de los especuladores a los ahorros de la clase media y la debacle financiera creada exclusivamente por el mal uso de la libertad han puesto a los norteamericanos a reflexionar.


Franzen se mete en la psicología del estadounidense, y a través de una historia familiar logra transmitir el impacto que han tenido en las personas los errores gruesos de una minoría rectora en la Casa Blanca y en Wall Street.


El autor les dice a sus compatriotas: "Si la libertad se convierte en una medida decisiva para nuestra cultura y nuestra nación, deberíamos analizar minuciosamente qué es exactamente lo que nos da la libertad".


Franzen puso el dedo en la llaga y se lanzó a retratar el tiempo que vivimos. El tema que ha elegido es fundamental. La libertad es el concepto político más nombrado de los tiempos modernos, pero no necesariamente vivido como un compromiso personal. Por eso, creo que la formación cívica de los alumnos chilenos debería tener la mayor importancia.


Explicarles la necesidad de las buenas políticas públicas. No se saca nada con discursos sobre la libertad política o económica si cada persona no desarrolla su propio vínculo moral con esos conceptos, en su vida privada y en su exigencia a la autoridad.


Cuando un especulador de Wall Street da mal uso a los dineros depositados con confianza, está atentando contra la propiedad, pero además contra la libertad, conceptos ligados. Su acción burla la fe pública en que se basa el sistema.


Los malos argumentos dados por el ex Presidente George W. Bush, la máxima autoridad, para invadir Irak y los intereses económicos asociados, dieron una pésima señal: si se puede especular con la fe pública al máximo nivel, también se puede entonces hacer lo propio en Wall Street. Y no nos extrañemos -parece sugerir Jonathan Franzen- que eso vaya permeando las mentes de los ciudadanos.


Soy de las que piensan que la sociedad civil norteamericana tiene enormes reservas intelectuales -como el propio Franzen- para reencontrarse con sus raíces de honestidad y libertad constructivas inspiradas por los padres fundadores.


El impacto de esta novela revela cuán sentida es esta discusión. Franzen puso el dedo en la llaga y se lanzó a retratar el tiempo que vivimos.

sábado, septiembre 25, 2010

El frenético libresco, por Jorge Edwards.

El frenético libresco,

por Jorge Edwards.

En medio del ajetreo diario, me las arreglo para salir a caminar en la tarde y entrar en una librería. Son tardes otoñales más bien tranquilas, tibias, de cielos extraordinarios, de grandes masas de verde que amarillean. No sé si existe el verbo amarillear o si acabo de inventarlo. Hace años, pasé frente a las mismas vitrinas, entré y compré El niño que enloqueció de amor, de Eduardo Barrios, en su versión francesa. Fue una experiencia interesante: leer de nuevo ese viejo libro escolar, conmovedor, clásico y a la vez extraño, quizá perverso, en su traducción al francés. Adiviné a través del idioma extranjero el tono y hasta los giros, los chilenismos, de la escritura original. No sólo eso: sentí las campanadas de las iglesias de Santiago en un invierno desaparecido. Era una bonita historia, y cuando el lector llegaba a una de sus culminaciones, había un sonido general, difuso, de campanas. Ardamos, y callemos, y campanas, escribía el poeta de Residencia, y había acuñado la expresión de «frenético libresco» a propósito de alguien que parecía estar demasiado cerca de la tinta.

Ahora compro dos libros que leí hace alrededor de medio siglo: uno es L’homme révolté, de Albert Camus, y el otro es Dublinois (Dublineses), de James Joyce. James Joyce en su traducción francesa. Parece que en mi adolescencia hablaba mucho de los jesuitas, de sus retiros espirituales, de Ignacio de Loyola y todo eso. Era lector fiel, constante, apasionado, de Miguel de Unamuno, vasco y conocedor crítico, difícil, a veces malhumorado, de la historia de la Compañía. Encontraba en sus páginas, en ediciones baratas de la colección Austral, admiraciones contradictorias, encrucijadas intelectuales y emocionales, arrebatos de amor y odio. Don Miguel declaraba: las dos grandes creaciones de los vascos son la Compañía de Jesús y la República de Chile. No sé si Chile se ajusta muy bien al concepto. Antes, hace un siglo, en tiempos de los hermanos Amunátegui, del Presidente Balmaceda, de los Irarrázaval de diferentes pelajes, parecía que sí, pero ahora ya no es tan seguro. Escucho cuecas del Bicentenario, por ejemplo, y les descubro un aire entre aragonés y andaluz. Me ha tocado ver partidos de fútbol en los que se insinúa una jota espontánea en las graderías, y de repente esa jota adquiere, para mis oídos chilenos, un ritmo de cueca. Pero no diviso en ninguna parte el Chile «castellano-vasco» del que hablaban algunos teóricos de la Historia. El caso es que hablaba en mi adolescencia de los jesuitas de Santiago, de sus ritos y sus costumbres, y un amigo apasionado de la filosofía, Roberto Torretti, que acababa de salir del Grange School y que leía a escritores de lengua inglesa, me dijo que las cosas que yo contaba también aparecían en los relatos de un novelista irlandés, un tal James Joyce. Corrí a la librería Studio de la calle de las Agustinas, en Santiago, y compré el Retrato del artista adolescente y Dublineses. No sé si las novedades de hoy se pueden adquirir con tanta facilidad en las librerías actuales. Pues bien, eso ocurría a fines de la década de los cuarenta, cuando sólo una docena de santiaguinos y un puñado de viñamarinos y de personas de Concepción habían escuchado hablar del autor descomunal, desproporcionado, rabelaisiano, del Ulises. Recuerdo mis impresiones de entonces, y ahora, con más de medio siglo de distancia, abro el volumen de bolsillo y me encuentro en una casa de Dublín, en un lugar donde hay dos hermanas y un sacerdote moribundo. O recorro con toda calma el retrato de un personaje, un adolescente feroz, que derrotaba a todo el mundo en luchas cuerpo a cuerpo, y que después de sus victorias hacía una danza salvaje de celebración, con una tapa de tetera en la cabeza, golpeando una lata de conservas y aullando: ¡Ya, yaka, yaka, yaka! El asombro general de ese barrio de Dublín se produjo cuando circuló la noticia de que el personaje de marras, el luchador invencible, el émulo de los Pieles Rojas, confesó que tenía una vocación sacerdotal.

James Joyce, el irlandés, nacido en 1882 en Rathgar, en las afueras de la capital de Irlanda, había comenzado con la publicación de un libro de versos, Música de cámara. Eran pequeñas canciones, trozos de un lirismo exaltado, y alguien, un crítico local, demostró que tenían una relación directa con aires de la época isabelina. Joyce, en otras palabras, era un poeta doblado de un erudito, de un investigador laborioso y extravagante. Leyó filosofía, emprendió estudios de matemáticas avanzadas, hizo dos o tres años de medicina y fue profesor de idiomas. Los jesuitas de Dublín, a diferencia de los nuestros, le habían dado conocimientos sólidos de latín, de griego, de filosofía clásica, y él, a pesar de sus rencores, de sus caprichos, les agradeció esa enseñanza durante toda su vida. Algunos sostienen que fue ateo, pero no estoy convencido. Su actitud dista mucho del laicismo liberal de fines del siglo XIX. Nada más ajeno que Joyce a Julio Michelet, a Hipólito Taine o a Victor Hugo. Era un blasfemo, un provocador, y el tema religioso lo obsesionaba, le provocaba angustia, como se la provocaba también al autor de Del sentimiento trágico de la vida y de La agonía del cristianismo. La vocación religiosa es un problema, una ruptura, que se palpa a la vuelta de cada página de Dublineses. Y esas casas viejas, llenas de gatos, de alfombras gastadas, de macetas con plantas de interior, de maderas pulidas por el tiempo, de señoras gordas que emiten olores peculiares, tienen casi siempre en una de sus habitaciones, medio escondido, a un jesuita huesudo, pensativo, de manos callosas. Me adentro, pues, en los primeros cuentos de Joyce, con no disimulado regocijo, y me dispongo a dedicarme más tarde a Albert Camus. ¿Por qué? Por afición, por espíritu deportivo, por llevar la contra, como decimos en Chile. Pierdo mi tiempo y lo gano. Y los demás, los que corren para ganarlo todo, pierden algo y no se dan cuenta. Joyce es un heredero remoto de Rabelais y de Jonathan Swift. Camus lo es de Michel de Montaigne y a lo mejor de Henri Bergson: escritores filósofos, filósofos literarios, desmesurados en un caso; en el otro, equilibrados, encarnaciones de la mesura y la sonrisa. No hay manera de explicarlo en dos líneas, pero una crónica, entonces, a lo mejor, es un acertijo.

miércoles, septiembre 15, 2010

Faltan siete años y medio... o cuatro, por Gonzalo Rojas Sánchez.

Faltan siete años y medio... o cuatro,

por Gonzalo Rojas Sánchez.


Entre el 18 de septiembre de 1810 y el 12 de febrero de 1818, fecha de la efectiva declaración de nuestra Independencia, corrieron siete años y medio.

Desde este septiembre de 2010 y hasta marzo del 2018, habrán pasado exactamente otros siete años y medio, justo el tiempo total que habrán ocupado, desde ahora hasta entonces, el gobierno del Presidente Piñera y la administración de su sucesor.

Es mucho tiempo, pero pasa rápido. Y aunque hay 200 años de distancia, varias lecciones siguen siendo válidas. Ante todo, la necesidad de preservar la identidad nacional. En plena tensión durante esos años de lucha entre patriotas y realistas, hoy vuelve a estar amagada por indigenismos y ecologismos, por minorías sexuales y por minorías exaltadas. A pesar de que la oportunidad no podía ser más propicia, no ha habido capacidad de confrontar visiones teóricas sobre el tema de nuestra identidad; el gran debate está pendiente, pero será cada día más imprescindible en los próximos años.

Mientras tanto, a vista y frente a la impaciencia de muchos, los europeos neocolonialistas siembran nuevas dependencias que desfiguran en la práctica nuestra identidad nacional. Lo hacen inventando y promoviendo naciones inexistentes; impidiendo la explotación de recursos a costa de los moradores; diversificando roles que destruyen la familia, y divulgando anarquismos a punta de bombas. Y no son pocos los neorrealistas -chilenos del Bicentenario- que secundan a los colonizadores con entusiasmo. Otras banderas flamean también hoy en Chile y no son precisamente las de la Patria.

Pero además está vigente el problema de la conducción del Estado. Por mucho que O'Higgins y Carrera miren ahora para el mismo lado, en esos años desempeñaron liderazgos personalistas que dificultaron la unidad de los propósitos emancipadores. De la mano de uno u otro, Chile avanzaba, pero ellos no se estrechaban mutuamente la diestra con facilidad. Más que eso, chocaron frontalmente.

Hoy está de nuevo actuando la tendencia al personalismo, al caudillismo. Una tras otra, las actuaciones presidenciales están siendo juzgadas no sólo por la calidad de sus contenidos y por la eficacia de sus planteamientos, sino también por la forma y el estilo que utiliza el Presidente. Más se ha hablado de sobrenombres a futbolistas, de telefonazos a empresarios y de tirones de orejas a colaboradores, que de las decisiones y soluciones actualmente en marcha.

Por ahora, claro, no hay otro caudillo que esté dispuesto a enfrentarse abiertamente con ese estilo y salir así a disputar la conducción del proceso: hoy sería suicida. Pero a medida que se acerquen los próximos períodos electorales, los eventuales sucesores del Presidente, aunque actualmente lo apoyen, quizás prefieran distanciarse de él, justamente para obtener reconocimiento y adhesión popular. Mala señal sería.

Y tercero, pero primero en la intención, la orientación y la calidad de nuestra educación. Un Instituto Nacional nacía por aquellos años. Orgullo de todos, empeño de muchos, se planteaba los máximos, la excelencia. Pero hoy, fracturada desde dentro, la educación apenas atisba cómo enfrentar sus mediocridades y claudicaciones.

Justo en la mitad del proceso de emancipación, a comienzos de octubre de 1814 -y cuando se cumplían apenas cuatro años desde los inicios de la nueva etapa- una grave derrota de los patriotas retrasó notablemente la independencia efectiva.

La Concertación se prepara -por ahora sólo con montoneras, pero ya lo hará con sus mejores regimientos- para reiniciar su reconquista en marzo de 2014, exactamente cuatro años después de su primera derrota.


Nota de la Redacción:
Rendimos un homenaje al profesor, abogado e historiador Don Gonzalo Rojas Sánchez que valientemente defiende los principios chilenos e incansablemente dedica su escaso tiempo libre a la formación de juventudes.

viernes, septiembre 10, 2010

Patriotas y mineros, unidos más allá de las diferencias, por Margarita María Errázuriz.

Patriotas y mineros, unidos más allá de las diferencias,

por Margarita María Errázuriz.

Celebramos el Bicentenario porque un grupo de patriotas tuvo un día un sueño que los unió y los comprometió. Era un proyecto de largo aliento. Para ellos, la Independencia era el paso necesario para construir la República. Pensando en la voluntad de esos líderes para llevar a cabo su propósito y en la dificultad que hoy observamos en nuestro medio sociopolítico para realizar cualquier iniciativa pública, quise refrescar mi memoria y leer sobre esa época. Quería indagar sobre el espíritu que unió a ese grupo y le permitió realizar su cometido. Revivirlo es una buena manera de celebrar estas fiestas.


Al repasar esas páginas me reencontré con la enemistad y la desconfianza imperantes entre los héroes de entonces. La lectura de esa parte de nuestra historia me provocó un gran desánimo. Doscientos años después estamos peor que en los inicios de nuestra vida republicana. Los patriotas fueron capaces de superar sus diferencias y de realizar una gesta heroica. Nosotros estamos entrampados en posiciones que parecen irreconciliables. Ellas no nos permiten ponernos de acuerdo en decisiones elementales, como contar con recursos para reconstruir la zona afectada por el terremoto o, lo que es peor aún, resolver problemas tan acuciantes como la pobreza. Estas decisiones ni siquiera exigen tanto valor.


No ser capaces de tener esa generosidad habla de nosotros más que mil palabras. Para que le tomemos el peso a esta forma de ser, observemos cómo este año nos hemos visto enfrentados a nuestras propias contradicciones. Por un lado, este tiempo ha estado marcado por la capacidad de unión y de solidaridad, y, por el otro, por la permanente desavenencia y odiosidad; por el ejemplo de grandeza y espíritu de cuerpo de los que permanecen bajo tierra en la oscuridad, y por la desconcertante animosidad entre quienes vivimos a la luz del sol y de la abundancia. El año del Bicentenario ha puesto frente a frente nuestra nobleza y nuestra mezquindad. Es como si la historia nos hubiese querido mandar un mensaje para hacernos recapacitar.


Fácilmente este año podemos recordar momentos de unión. Cuando el terremoto nos remeció, supimos reencontrarnos con una solidaridad muy profunda. Con los mineros, vivimos como nuestra la angustia y el dolor de sus familiares. Muchos lloramos con ellos. Hemos comprobado que podemos vibrar todos juntos, ponernos en el lugar del otro.


Pero también hay sentimientos potentes que nos separan. Nos divide un ánimo descalificador descontrolado, que no sabemos contener ni siquiera cuando se trata de beneficiar a esa misma gente por la que sentimos tanta incertidumbre y que tanto nos movilizó. La hostilidad permanente nos paraliza; no perdona nada. Está presente aun cuando tenemos problemas humanos serios, una fecha que en teoría debiera unirnos y un ejemplo que nos remece.


Bajo la tierra, un grupo de treinta y tres hombres valientes, que nunca pensaron quedar atrapados juntos, son capaces de mostrar una sola cara al mundo. Ello no puede haber sido fácil y seguramente sigue siendo difícil. No podemos ser tan ingenuos y no pensar que ellos deben estar haciendo esfuerzos titánicos para entenderse, superar discrepancias, aceptar y respetar los liderazgos, apoyarse unos a otros, no desmayar.


El ejemplo de ese grupo de hombres nos habla con un lenguaje directo y que es difícil ignorar. Nos muestra lo que es capaz de lograr un grupo cuando descansa en la fe, en el amor por los suyos, en su propia dignidad; cómo la decisión de apoyarse y el respeto mutuo generan una unión que logra milagros.


Bien mirado, la vida a partir de tanto dolor nos ha hecho un regalo si lo sabemos aquilatar. Nos ha puesto frente a nuestras propias debilidades y nos ha mostrado un camino. Con los mineros nos ha dicho que se puede, que podemos. Ellos y los padres de la patria nos han mostrado que el camino de unión es posible y que está a nuestro alcance.