jueves, diciembre 10, 2009

Vi, voté y ¿vencí?, por Gonzalo Rojas Sánchez.

Vi, voté y ¿vencí?,

por Gonzalo Rojas Sánchez.

El domingo próximo sufragaremos. Está bien que así sea. Corresponde a lo que el Presidente Pinochet plebiscitó en 1980, como parte de su programa de restauración de la democracia. Y se ha practicado ya durante más de 20 años.

Efectivamente, una parte importante de los chilenos acudiremos a nuestras mesas, marcaremos una o más rayitas, y nos retiraremos a descansar o a otras actividades. Otro grupo grande, millones desgraciadamente, no acudirá a las urnas. No están inscritos o se abstendrán.

Pero unos y otros tenemos algo en común: pensamos que las elecciones importan poco. Creemos que el lunes 14 por la mañana vuelve la vida normal, la que vale. Unos y otros estamos equivocados, ciertamente.

¿Dónde está nuestro error? En aceptar que otras fuerzas, distintas de las que elegimos en las urnas, controlen la vida nacional.

Por una parte, los chilenos hemos aceptado la tiranía de la farándula. El domingo veremos a los canales de TV explicarnos con solemnidad lo que está en juego en las elecciones, pero el lunes 14 volverán a banalizarlo todo, por razones comerciales. Su alianza con las grandes tiendas es tan evidente, que ni falta hace recordarla. El consumo se unirá entonces a la farándula, y el ciudadano chileno, satisfecho de su participación en las urnas, comenzará a pensar con mucho mayor interés en los gastos del 24 y del 31. Es que la segunda vuelta importa menos.

Por otra, el elector ha decidido generalizadamente que no quiere oponerse a la falsificación de la historia. Le pueden mentir descaradamente sobre su propio pasado reciente -que eso es un museo en el que no habrá memoria alguna de las gravísimas violaciones de los derechos humanos entre 1964 y 1973 bajo Frei Montalva y Allende-, pero el ciudadano prefiere callar y acurrucarse, como perrito faldero. Cree que la historia no lo afecta.

Tampoco protestará el elector, casi con toda seguridad, por la dictadura creciente de la droga o de la delincuencia. Ellas mandan en sectores importantes de nuestras ciudades, pero igual el chileno cree que poco es lo que tienen que ver las elecciones con su erradicación. Mientras no le capturen a un hijo...

Votaremos, entonces, con una clara sensación de indiferencia, gane quien gane.

Por cierto, esta pobre percepción nuestra puede y debe ser revertida por los parlamentarios electos. Si se han postulado para representarnos, también lo han hecho para ayudarnos a mejorar gracias a su liderazgo. Por favor: no nos permitan seguir en esta mediocridad.

Serán 158 las personas que, en el nombre de sus conciudadanos, deberán marcar el rumbo. ¿Es mucho pedir que, con independencia de sus partidos, se decidan a trabajar por varios objetivos superiores?

¿Cuáles?

En primer lugar, tomarse en serio a Chile. No se puede proscribir la estupidez televisiva, pero sí cada parlamentario puede percibir la gravedad de su influencia y, con imaginación y contactos, buscar las fórmulas para conseguir de nuestra TV una auténtica contribución social.

A continuación, valorar la verdad. Tú, hombre de izquierda, puedes engañar a los niños de Chile por un tiempo, incluso a todos por mucho tiempo, pero con Lincoln ya sabes que no los puedes engañar a todos todo el tiempo. Por eso, más te vale mostrar toda la verdad sobre nuestro pasado reciente, aunque al hacerlo haya que contradecir la voluntad presidencial, tan banal como falsa.

Y a todos les corresponderá además buscar fórmulas de participación ciudadana que recuperen la fuerza cualitativa y cuantitativa de nuestra democracia. Más inscritos, más militantes en los partidos, más organizaciones ciudadanas fuertes.

Si no, habremos votado, pero todos habremos sido vencidos.