miércoles, mayo 26, 2010

Poco por celebrar, por Alberto Medina Méndez.




El denominado bicentenario de la patria, este cumpleaños aparentemente especial por la singularidad del doble siglo, trajo consigo una andanada de frases hechas y lugares comunes. La verborragia fácil, el discurso hipócritamente acertado, la compulsiva demagogia, han sido solo ingredientes demasiado cotidianos en estas fechas.


Parece más simple seguir la corriente de los acontecimientos, decir lo que todos esperan, recitar la cantinela de los mas, para estar en sintonía fina con la prédica hegemónica, que intentar profundizar un poco en la cuestión trascendente.


Habrá que decir que nada hay de meritorio en acumular años y cumplirlos matemáticamente cada 365 días, por el mero transcurso del tiempo. Este hábito festivo, que ya es una tradición mundana, parece trasladarse linealmente, a la vida institucional.


Algunos se cuestionan si esta fecha del calendario, la de mayo de 1810 es la que realmente debe marcar la bisagra más relevante de nuestra la historia. Tal vez la Constitución Nacional de 1853, sea un hito mas adecuado, porque tiene mas que ver con el espíritu de Nación, con esa vocación de caminar juntos, de construir algo perdurable, dejando de lado las viejas diferencias del pasado y ya superadas las confrontaciones.


Pero mas allá de aquella polémica, que seguramente tiene muchas mas aristas para analizar, tal vez haya que reflexionar sobre el verdadero significado de estos 200 años.


En realidad tanta displicente actitud de conmemorar, parece un acto desproporcionado frente al irrefutable balance de estos siglos transcurridos. Tanto dinero dilapidado, haciendo lo establecido por un ritual arcaico, festejando, como si hubiera algo que celebrar, muestra la liviandad de una sociedad que se deja arrastrar sin resistencia por lo que parece lo adecuado, por temor a hacer lo diferente y más genuino.


Frente a tanta evidente asignatura pendiente, nuestro país podría haber invertido mucho mejor sus esfuerzos en reflexionar sobre lo que nos pasa asumiendo el problema y mirando hacia delante, en función de los propios errores cometidos en su historia.


También podríamos habernos evitado este despilfarro de recursos utilizado en festejos suntuosos, pomposas inauguraciones y actos inoportunos. Es que todo parece tan fuera de contexto para aquellos argentinos que sienten que el futuro se le va de las manos, mientras algunos desperdician el dinero que les han detraído a otros vía impuestos. Vaya modo de celebrar, una fiesta pagada por otros. En todos los ámbitos, en mas o en menos, un sector publico que tiene mucho de que arrepentirse, sigue haciendo lo de siempre, gastando en protocolos y supuestos correctos homenajes, en vez de replantearse el fondo de la cuestión.


Tanto sacrificio y empeño podría haberse invertido en hacer una autocrítica en serio, en proponer ideas y planes mediante foros que hubieran justificado la acción.


Argentina nacía, hace mucho tiempo atrás, siendo pionera en diversos aspectos. Su capacidad de organizarse como sociedad, de superar sus rivalidades de corto plazo anteponiendo la mirada de futuro, su visionaria construcción republicana, su notable habilidad para generar políticas que vayan mas allá de lo inmediato, superando las mezquindades de la coyuntura.


Los argentinos hicimos infinidad de cosas bien durante mucho tiempo. Y no es que en aquella época todo funcionara de maravillas. Se cometieron cuantiosos errores, se tomaron decisiones equivocadas, convivimos con personajes perversos y con manipuladores de la política, pero muchos de esos errores se veían superados por una visión de largo plazo que nos colocó entre los países mas avanzados del globo.


Argentina supo construir un país, abrir sus fronteras sin temor, integrarse con otras naciones, generar una herramienta clave para explicitar su proyección con la Constitución, que garantizaría unión, democracia y un instrumento vital para la pacifica convivencia de nuestra heterogeneidad. Gestamos un ámbito adecuado para un federalismo de vanguardia y fuimos capaces de dar pasos firmes en muchos aspectos institucionales, allí donde el mundo no era capaz de avanzar.


Democracia, pluralismo, diversidad, un verdadero crisol de razas, un modelo productivo para el planeta, una Nación con riquezas naturales, que invitaba a sumarse a su crecimiento y una habilidad implacable para ir por mas. Fuimos una de las naciones con más futuro, con más proyección. Pero desde hace décadas, varias por cierto, venimos transitando este tobogán que nos muestra retrocediendo en muchas facetas.


Una institucionalidad resquebrajada, una moralidad que no podemos sostener, múltiples oportunidades perdidas, la mediocridad que nos inunda e inmejorables situaciones desperdiciadas, son solo una parte de esa radiografía actual.


La actitud de los festejos del día de la patria de este bicentenario, nos pintan de cuerpo entero. Festejamos sin motivos, expresamos nuestro nacionalismo con banderas, pero somos poco capaces de darnos cuenta del lugar que ocupamos, de lo que nos muestra el cruel espejo del presente.


No hemos podido generar una mínima revisión de lo hecho, ninguna autocrítica. Estos doscientos años nos muestran festejando y sin reflexionar. Un país que se agrega feriados para homenajearse, pero no para meditar. Que se prepara para disfrutar de los fines de semana largos, planificando su turismo, pero no su crecimiento. Eso somos, ese es nuestro reflejo mas claro, así estamos.


No se trata de una mirada pesimista del presente. Se trata de asumir con hidalguía nuestro propio presente. Una comunidad que no es capaz de asumir su situación actual, no solo no acepta lo que es, sino que no tiene un futuro posible. Nosotros estamos celebrando nuestros discutibles 200 años, pero lo estamos haciendo desde el equivocado lugar de las conmemoraciones.


Ni siquiera hemos podido dar el primer paso, ese que nos lleve a un profundo repaso de lo hecho, para descubrir lo repetitivo de nuestros errores, lo patológico de la inmensa mayoría de nuestras actitudes. Mirar el presente con optimismo es necesario, pero para ello precisamos al menos admitir que no pasamos por el mejor momento y que tenemos mucho por replantearnos y poco por celebrar.